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jueves, 4 de diciembre de 2014

Mis primeros pasos con la bici de montaña

Desde hace unas semanas, he comenzado una nueva fase en mi entrenamiento: la pretemporada. Ése es el período en que el deportista construye la base que le permitirá rendir al máximo durante los meses siguientes (en el caso del ciclista, en primavera-verano, que es cuando tienen lugar las competiciones). Mi entrenadora, Dori Ruano, me manda en esta época sesiones de correr, de entrenamiento funcional (explicaré lo que es eso en una próxima entrada) y de bicicleta. Dentro de esto último, la novedad es que este año me he apuntado a un grupo de adultos en la Escuela de Ciclismo de Villamayor para trabajar técnica en la bici de montaña.

Mi bicicleta de montaña, BH Over-x


Mi BTT (bicicleta todo terreno) es bastante sencilla. La compré de segunda mano en agosto y la estrené en una marcha cicloturista que lleva el nombre de Dori y que se celebra en su pueblo natal y mío de adopción todos los veranos. En realidad, he de confesar que no tenía prevista tal adquisición, puesto que siempre le he tenido mucho miedo a esta modalidad de ciclismo por el riesgo de caídas y no me atraía gran cosa eso de rodar por caminos con arena y piedras sueltas o acabar con barro hasta en el pelo. Si me hice con ella, fue porque mi entrenadora se puso firme y me mandó enrolarme en la Escuela de Ciclismo para aprender a manejar mejor mi vehículo. Como soy consciente de que eso me puede ayudar a prevenir caídas en la bici de carretera, le hice caso y, en contra de mi voluntad, empecé a asistir a las clases en cuestión los sábados por la mañana.

Cuatro de las valientes chicas del grupo de adultos y su maestra Dori (en primer plano)

Las primeras dos o tres clases me resultaron muy duras psicológicamente. Eso de asomarme a lo que yo calificaría de terraplén, y que para los monitores (capitaneados y formados por la propia Dori) no es más que una trialera sencillita, ya me provocaba temblores en las piernas. Gastaba más energía por los nervios que por el mero esfuerzo físico. He de confesar, no obstante, que no era la única del grupo con miedo. No sé si es que a ciertas edades una se va volviendo menos arrojada o que siempre he sido muy poco atrevida para estas cosas, pero lo cierto es que no duele igual un golpe ahora que cuando eres niña: ni te caes de la misma altura, ni la masa que golpea el suelo es tan ligera, ni curan las heridas tan pronto.

Después de la tercera sesión, mi amiga Neli Nieto me invitó a hacer una ruta no muy larga con ella y una grupeta de BTT con la que está saliendo este otoño. Decidí probar, a ver si se iba notando lo aprendido. Y, para mi sorpresa, una vez vencidos el pánico inicial y el agobio por intentar seguirles el ritmo a los compañeros, me encontré estupendamente sobre la bicicleta. Es más: disfruté verdaderamente recorriendo los caminos del sur de la ciudad de Salamanca. Ese día representó un punto de inflexión en mi actitud frente a esta modalidad de ciclismo.

Desde ese momento, mis sensaciones en la BTT han ido haciéndose cada vez mejores. Me voy notando con mucho más dominio de la máquina, y ya ni me impresiona hacer ejercicios que dos meses atrás me causaban angustia. Aprendo muchísimo de Dori Ruano, que suele acompañarnos a los adultos y nos enseña con su paciencia habitual y su gran visión pedagógica, así como de los demás monitores.Como ejemplo de lo que voy siendo capaz de hacer, he aquí un vídeo muy breve en el que se nos ve a mi compañera Montse y a mí efectuando un descenso por una trialera en el parque de Valcuevo (tenía más pendiente de lo que se aprecia en la grabación):


Algo que me atrae mucho de la BTT es que me lleva a lugares a los que normalmente no se accede. Por ejemplo, he descubierto parajes tan singulares como el Jardín Secreto del Tormes, el antiguo polvorín de Salamanca o la cueva de Rascones en el parque de Valcuevo.


Caseta en el Jardín Secreto del Tormes

Uno de los grupos de la Escuela de Ciclismo de Villamayor en la ermita del Viso

Campos de la Armuña

Bicicletas en los terrenos del polvorín de Tejares

Cueva de Rascones

Ruinas de la iglesia de Santibáñez del Río

El Tormes desde Valcuevo



jueves, 10 de julio de 2014

Tocando y pedaleando por Francia

Durante mi recital en Marsac (foto: Mike Floyd).
El 14 de junio emprendí viaje a tierras francesas. Tenía que dar un recital en Marsac, un pueblecito situado en el departamento de Tarn y Garona, perteneciente a la región de Mediodía-Pirineos. Como el lugar se encontraba a unas ocho horas de coche de Salamanca y, además, quería llevarme la bici para entrenar, decidí realizar el trayecto en mi propio vehículo, haciendo noche en San Sebastián para visitar a mi tía y, de paso, descansar de tanta carretera.

Después de atravesar media península ibérica por la A-62 y la AP-1, así como las regiones francesas de Aquitania y Mediodía-Pirineos, llegué, a través de un dédalo de carreteritas estrechas que discurrían entre colinas, a Marsac. Mi primer pensamiento fue que me esperaban unos días de duro entrenamiento, a juzgar por el relieve de la zona. De hecho, la única manera de acceder a la localidad en la que me alojaba era subir por pendientes que llegaban hasta el 17%. Como no soy escaladora en absoluto, sino rodadora, me iba a tocar sufrir, pero me alegraba de disponer de un terreno tan útil para trabajar mis puntos débiles sobre la bicicleta (los interminables llanos salmantinos no ayudan demasiado en esto).

Casitas apiñadas en Marsac, con el castillo al fondo.
Marsac es un pueblecito diminuto construido principalmente en piedra, aunque hay muros que presentan ladrillo aquí y allá, además de entramado de madera. Destaca en su perfil la mole del castillo, que en tiempos (según me contó su actual dueña) fue mucho más alto, antes de que Richelieu lo mandara desmochar (cura de humildad habitual en la época en muchos países). Las casitas están apiñadas las unas contra las otras, como si tuvieran miedo de salirse del pequeño espacio que brinda la cumbre de la colina en la que se asientan. Unas cuantas construcciones en forma de torre se erigen no sólo en el casco urbano, sino también en las tierras de labor aledañas: son palomares, que, según pude saber, constituyen una magnífica muestra de la arquitectura rural de la región de Mediodía-Pirineos y que son un indicativo de la riqueza de aquellos que los mandaron levantar; los más antiguos datan de 1600.

Palomares de Marsac.
El concierto estaba organizado por mis viejos amigos David y Fiona Finch, que tiempo ha ya me habían proporcionado tanto la oportunidad de ofrecer recitales en Estados Unidos, Escocia e Inglaterra, como una ayuda inestimable para la grabación de mi CD de obras de Liszt. Tras establecerse ellos en el país vecino, se habían puesto manos a la obra para retomar su actividad de benefactores de la música, para lo cual habían adquirido y restaurado un granero antiguo que se hallaba junto a su nuevo hogar. En él habían colocado uno de sus pianos Steinway (el D de madera de palisandro) y habían dispuesto los muebles de tal manera que era sumamente fácil desplazarlos hacia los lados de la estancia para colocar en su lugar las sillas necesarias para el público. Al poco de llegar, y tras familiarizarme con la casa (tarea nada fácil, ya que se trataba de una edificación laberíntica que había sufrido transformaciones y ampliaciones varias a través de sus muchos siglos de existencia) y dar un paseíto por los alrededores para estirar las piernas, me dispuse a estudiar el repertorio del recital. Éste consistía en obras de Liszt: el Sonetto 104 del Petrarca, Invocación, Bendición de Dios en la soledad y la Sonata en si menor. Hacía tres días que, entre tribunales de exámenes y horas de coche, no ponía la mano sobre las teclas, así que necesitaba con urgencia desperezar los músculos de los dedos sobre ese instrumento, al que conocía bien por haberlo tocado en mis visitas a la antigua residencia escocesa de mis anfitriones.

El gato Minuit.
Mis amigos me habían contado poco antes de mi viaje que habían decidido adoptar a un compañerito peludo que merodeaba por su jardín: el gato Minuit. El pobre animal se había quedado abandonado en Marsac cuando sus anteriores dueños vendieron la casa en la que vivían y se había convertido en un vagabundo. Como parecía ser de buen carácter y bastante joven aún, David y Fiona habían considerado que merecía la pena ocuparse de él. Mi primer encuentro con Minuit no me dio muchas esperanzas, ya que el minino, al no conocerme, tenía miedo de mí y no se dejaba acariciar. No dispuesta a rendirme, tracé un plan que consistía en comprarle unos sobres de una comida que a mi gato le entusiasma, con la esperanza de que eso me sirviera para ganarme su afecto. Et voilà! La estrategia dio sus resultados inmediatamente, de modo que Minuit pasó de huir de mí a buscarme a todas horas y a subirse a mi regazo obedeciendo a un gesto de mi mano. Así tuve compañía felina durante toda mi estancia.

Dispuesta para salir a entrenar.
Los días en Marsac transcurrían apaciblemente. Por las mañanas, dedicaba algo más de dos horas a entrenar por los alrededores. Mis salidas me llevaban por localidades como Lavit de Lomagne, Castelsarrasin, Saint Nicolas de la Grave, Moissac o Larrazet, atravesando kilómetros y kilómetros de campos que alternaban el cereal con los regadíos. Las carreteritas, estrechas pero de asfalto impecable (no había baches ni gravilla), subían y bajaban constantemente en una alegre ignorancia del llano. Había algunas subidas que casi podrían considerarse puertecitos, más por su pendiente que por su longitud. Había que ir con mucho cuidado con los coches, ya que casi ninguno respetaba la norma de dejar metro y medio entre él y el ciclista, además de no aminorar gran cosa la velocidad al pasar (a mi juicio, iban demasiado rápidos para la escasa anchura de la vía). La verdad es que, con esta experiencia que he tenido de rodar por esas tierras, pienso que casi estamos más protegidos en España, a pesar de lo que muchos crean. Eso sí: lo que me impresionó fue lo cuidadas que estaban las carreteras, a diferencia de las que transito habitualmente y que están llenas de socavones, asfalto rugoso, arena, hierbajos que lo invaden todo... No creo que sea algo que dependa sólo de la frecuencia del mantenimiento, ya que todo lo que acabo de decir sería perfectamente aplicable a la ruta de la vuelta de S. Pedro del Valle (mi zona de entrenamiento más frecuentada por Salamanca), cuyos viales fueron arreglados hace un año. Más bien opino, con el atrevimiento propio del desconocimiento de la técnica, que aquí se hacen peor esas obras, de manera que no duran casi nada. Se suele decir que en Salamanca se destrozan las carreteras a causa de los riegos de las huertas, pero eso mismo debería pasar en la región de Francia en la que he estado, porque los cultivos eran casi los mismos y los aspersores también echaban parte del agua al asfalto. El clima tampoco es muy diferente, y tractores y otros vehículos pesados están constantemente transitando por esos caminos.

La iglesia de Marsac con sus campanas.
El concierto tuvo lugar el miércoles 18 a las 18:30. Tras haber tocado las dos primeras obras, comencé la Bendición de Dios en la soledad. En su parte central, esta obra presenta una pedal de La en el bajo que yo siempre he considerado un toque de campanas. Precisamente cuando la estaba emprendiendo con ella, comenzaron a repicar las de la iglesia del pueblo (y de manera bastante ostensible, ciertamente). La única lástima fue que una de las que sonaban estaba afinada a un sol sostenido, porque, de haberlo estado medio tono más alto, hubiera encajado perfectamente con la pieza. En cualquier caso, la coincidencia me hizo mucha gracia, así que decidí ajustar el tempo del pasaje hasta tener la sensación de hacer "música de cámara" con el tañido del campanario cercano.

Abadía de Moissac.
Y, como no sólo de música o ciclismo vive el hombre (o la mujer, en este caso), mi periplo francés se vio enriquecido por experiencias como las visitas al castillo de Marsac o a la abadía románica de Moissac. En el primero, su dueña nos estuvo mostrando no sólo algunas de sus estancias y su magnífica escalinata gótica, sino también objetos tan curiosos como una cucharilla para absenta o un sacaleches de hace varios siglos. En el edificio monástico, cuya portada sirvió de modelo para la de la abadía de la película El nombre de la rosa, volví a mis quince años, edad a la cual mi querida amiga Mª del Mar Muñoz Sánchez y yo estábamos absorbidas por el libro de Umberto Eco en que se basa la obra cinematográfica. Hubiese deseado explorar muchos más lugares de interés de los alrededores, como las ruinas de otro edificio abacial, Belleperche, delante del cual pasé en uno de mis entrenamientos ciclistas. También me tentaba relajarme en el área recreativa de Loisirs82 en S. Nicolas de la Grave, que igualmente vi mientras pedaleaba. Las ciudades relativamente cercanas de Montauban, en la que tocó Liszt, o Albi merecen un paseo por sus calles en una próxima ocasión.

El 21 de junio abandoné Marsac para unirme en Tafalla a mi equipo, el Rioja Motor-Club Deportivo Caloco-Bicicletas Félix Pérez, que participaba en una carrera del Trofeo Euskaldun y, al día siguiente, en una de la Copa de España (Villamediana de Iregua, La Rioja). Pero eso ya es materia para otra entrada del blog.


miércoles, 4 de junio de 2014

Músicos y pulsaciones por minuto

(Esta publicación no pretende ser un estudio científico, sino tan solo exponer tanto unos hechos comprobados en mí misma, como las conclusiones a las que he llegado tras analizarlos.)

Hace algún tiempo prometí en las redes sociales escribir acerca de un experimento que había llevado a cabo. Se trataba de averiguar, con ayuda de un pulsómetro, cuántas pulsaciones por minuto presentaba durante un concierto. La cuestión me inspiraba cierta curiosidad desde que había tenido conocimiento de un estudio que la Dra. Claudia Iñesta Mena había realizado con músicos tocando, en el cual se afirmaba que el esfuerzo que los integrantes de mi gremio realizamos durante una ejecución en público es igual al de un deportista de élite compitiendo.

En varias ocasiones, había comprobado mi frecuencia cardíaca durante el estudio en casa, pero nunca lo había hecho en concierto. El primero de los dos que ofrecí en la Fundación Juan March en abril fue el escogido para realizar la medición (25-04-2014 a las 7:30 p.m.). El programa constaba de dos obras: la Fantasia on an ostinato de John Corigliano (una obra tranquila de corte minimalista) y la endemoniada transcripción de la 8ª Sinfonía de Beethoven realizada por Liszt. Era esta última pieza la que me interesaba, ya que es lo más duro que he tocado en mi vida, tanto física como mentalmente. Con ella, por tanto, era muy posible que alcanzara el máximo de pulsaciones que jamás tuviera en público. Así pues, me coloqué la banda del pecho de mi Garmin y apreté el botón de comienzo aproximadamente un minuto y medio antes de salir al escenario.

Veamos la gráfica que obtuve al descargar los datos del pulsómetro en el ordenador:



Como se puede apreciar, las pulsaciones máximas por minuto fueron 147 y se alcanzaron en el desarrollo del primer movimiento de la Sinfonía. La media resultó ser de 117 (el registro completo de la actividad se puede ver aquí). Durante la obra de Corigliano, apenas se elevan (los picos del principio coinciden con el momento en que estoy de pie esperando la señal para salir desde la parte trasera del escenario; al sentarme y comenzar a tocar, bajan claramente). En el Beethoven-Liszt, el ritmo cardíaco aumenta,  especialmente en el acrobático e intenso Allegro vivace del final. Los últimos minutos de la gráfica se corresponden con aplausos, salidas al escenario a saludar y una propina (primer movimiento de la Sonata KV 330 de Mozart).

Ahora comprobemos cuál fue el registro que obtuve con el pulsómetro durante la Contrarreloj Individual "Trofeo Interpeñas", celebrada en El Espinar (Segovia) el 1 de septiembre de 2013:


En esa ocasión, mantuve unas pulsaciones medias de 176, con picos de hasta 191 (ver actividad).

Comprobemos ahora un entrenamiento cualquiera en bici realizado recientemente (31-05-2014):



Tal y como muestra la gráfica, el pulso no sube tanto como en competición, aunque se alcanzan dos picos de 187 pulsaciones por minuto coincidiendo con un esfuerzo en subida. La media resultó ser de 151 (ver actividad).

Si comparamos los tres registros, podemos obtener las siguientes conclusiones:

  • El ritmo cardíaco en situación de concierto es mucho más bajo que el de un entrenamiento medio y, por supuesto, que el de una competición. 
  • Tocando en público, en muchos momentos (cuando la obra no presenta pasajes muy movidos físicamente) ni siquiera llegamos a la zona considerada aeróbica (60% del máximo, que, teniendo en cuenta el alcanzado en la crono, estaría en torno a las 114 pulsaciones por minuto).
Mi pregunta respecto al estudio de la Dra. Iñesta sería si se efectuaron mediciones en sujetos que fueran a la vez músicos profesionales y deportistas bien entrenados, cosa que ignoro. También desearía conocer las diferencias que pueden darse entre instrumentistas de diversos tipos (tecla, viento madera o metal, cuerda frotada o pulsada, voz, etc.). Imagino que, por ejemplo, el tener que soplar imprimiéndole una determinada presión al aire puede suponer un esfuerzo físico mayor que el mío, así como el tocar de pie.

En mi opinión, si algunos intérpretes llegaron a presentar unas pulsaciones comparables a las mías durante la competición, esto podría achacarse a dos factores:
  • Una tensión nerviosa excesiva por miedo escénico.
  • Una deficiente forma física del sujeto. 
Si el segundo punto de mi hipótesis fuera cierto, un programa de entrenamiento deportivo adecuado podría reducir considerablemente el esfuerzo realizado en los conciertos, con la consiguiente mejora de las sensaciones y de la claridad mental (en el umbral anaeróbico y por encima de éste es casi imposible llevar a cabo cualquier tarea que sea intelectualmente exigente, tal como tocar un instrumento). Además, la mera percepción de la taquicardia aumenta la ansiedad del intérprete, razón por la cual muchos recurren al conocido medicamento Sumial (betabloqueante), que sirve (entre otras cosas) para controlar el ritmo cardíaco y los temblores y la sudoración de las manos.

Me gustaría saber la opinión de los lectores respecto a esta publicación. Se agradecen los comentarios al respecto.

lunes, 19 de mayo de 2014

Entrenando por la Sierra de las Quilamas

Ayer salí a entrenar por la vega del Tormes. No estaba muy convencida, la verdad, de la ruta que quería seguir. Tan sólo sabía que debía hacer unos 70 kilómetros y que tenía que dirigirme hacia el oeste, ya que el viento provenía de allí. Cuando llevaba unos 16 kilómetros recorridos, sonó mi móvil. Normalmente suelo hacer caso omiso de las llamadas durante mis entrenamientos, pero esta vez lo cogí porque suponía que se trataba de mi amiga Neli Nieto, extriatleta, y albergaba la esperanza de que me dijese algo que me sacase de la apatía que me provocaba el rodar por lugares tan frecuentes para mí. Y no me equivocaba: Neli me invitaba a pasar la tarde en Valero, su pueblo, con salida ciclista incluida por la sierra de Salamanca. Ante una perspectiva tan tentadora, me di media vuelta, pedaleé lo más rápido que pude para regresar a casa (de hecho, me salió la media más alta que he visto jamás entrenando), metí la bici en el coche y emprendí camino hacia las Quilamas.

El río Quilamas
Valero se encuentra en una hondonada a la que se llega tras una bajada de unos seis kilómetros por un puerto de carretera estrechísima. El paisaje impresiona por lo abrupto, con las faldas de las montañas llegando a tal profundidad, que parecen perderse más allá del valle. Pinos, eucaliptos, jaras, saúcos y demás vegetación cubren las laderas. Al llegar al final del puerto, un puente cruza el río Quilamas, fresco y ronroneante. Allí, en la zona de la piscina natural, me esperaban Neli y unos amigos suyos. Esa zona habilitada para la natación no dejó de sorprenderme: yo esperaba encontrarme un vaso de las características habituales, pero lo que había en su lugar eran el mismo cauce del río y unas compuertas que, cuando estuvieran echadas, contendrían el agua embalsándola (al estar fuera de temporada de baño, aún no se había cortado el paso al líquido elemento). Según rezaban unos carteles, la profundidad que llegaba a alcanzarse con este sistema era de dos metros. Estuvimos un rato tomando el sol y charlando en la orilla. Yo iba vestida con coulotte y maillot, así que el influjo del astro rey sirvió para acentuar mi ya marcado "moreno ciclista", tal y como se puede apreciar en la foto:

Cultivando el "moreno ciclista"

El Piélago desde arriba
Después de comer, Neli y yo tomamos nuestras bicis y nos aventuramos por el recorrido que ella considera más sencillo desde Valero: la subida a Sequeros (al mirador en este caso, ya íbamos con relativa prisa y no teníamos tiempo de ir hasta la localidad en sí). Por fácil que pueda ser, en comparación con las demás rutas, no dejaba de comenzar con una subida de casi 2 kilómetros, la cual, con las piernas aún en frío, se hacía dura. Después de terminar esta pequeña escalada, una bajada llena de curvas por un desfiladero llevaba al fondo del valle. En una zona llamada por los lugareños "el Piélago", se veía a gente bañándose. Según me explicó Neli, ése es el lugar en el que se juntan los ríos Quilamas y Alagón. Allí, las rocas adoptan formas caprichosas y llenas de aristas, que parecen mecerse en un dormitar petrificado sobre la corriente.

Bajar no es lo mío, he de reconocerlo. Con todo lo que sufro en las subidas, al menos en ellas voy tranquila, sin miedo de salirme o de derrapar en una curva. En las bajadas, me siento con mucho complejo porque los demás me tienen que esperar. Confío en que el hacerme con una nueva bicicleta, que domine algo mejor que mi actual Macario (un poco grande de talla para mí y con un manillar excesivo para mis manos pequeñas), me ayude a ir soltándome poco a poco.

Vista desde el mirador de Sequeros
Después de esa breve bajada, la carretera empezaba a "picar para arriba". Al principio, el desnivel no era
muy acusado, y me encontraba suelta y hasta sobrada. Más tarde, no obstante, unas cuantas rampas relativamente largas y algo más pendientes me hacían meter el último piñón del que dispongo. Aun así, la subida se hacía muy agradable, tanto por la belleza de lo que contemplaban nuestros ojos como por los aromas penetrantes y variados que exhalaba la vegetación que poblaba las laderas. Llegamos al mirador de Sequeros, hice una foto y nos volvimos por el mismo camino.

Poco antes de llegar a Valero, Neli y yo pusimos en funcionamiento nuevamente la cámara de mi móvil para retratarnos la una a la otra sobre nuestras monturas. He aquí el resultado:

Neli

Miriam

Espero volver pronto a esa zona tan atractiva por los paisajes y por sus puertos. Creo que, cuando las inclemencias meteorológicas no me permitan escaparme a mi Campo Azálvaro, a La Lancha y a La Cruz de Hierro, me va a merecer la pena desplazarme a la sierra salmantina para entrenar. Iré narrando mis futuras experiencias en la zona en próximas entradas de este blog.






miércoles, 16 de abril de 2014

Entrenando por el Campo Azálvaro y el puerto de La Lancha

Mi bici Macario junto al cartel del puerto de La Lancha
El perfil de la ruta de hoy
Esta mañana he salido a entrenar por uno de mis lugares preferidos: el Campo Azálvaro y el puerto de La Lancha. El primero es una zona de pastos sin apenas núcleos de población (sólo dos: Urraca-Miguel y Bernuy Salinero) que se extiende entre las localidades de El Espinar (Segovia) y Ávila capital. La carreterita que lo atraviesa es casi completamente recta y llena de repechos cortos pero empinados, muchos de los cuales se suben con el plato puesto. Siempre he pensado que nos pone fuertes a los ciclistas porque nos obliga, por su relieve, a hacer series y a recuperar entre ellas en la proporción justa. Otra cosa buena que tiene este camino es que un poco antes del kilómetro 17 (contando la distancia desde el instituto de El Espinar) hay un cruce con una carretera que lleva a un puerto por cada uno de sus ramales. Estos pasos de montaña son La Lancha y La Cruz de Hierro. No son ni muy largos ni muy duros, pero sirven estupendamente para entrenar, ya que no tienen apenas tráfico. Muchas veces subo uno, corono, bajo y luego la emprendo de la misma manera con el otro. El regreso al punto de partida se hace especialmente divertido tras llegar a unas ruinas que llaman "El Ventorro": desde ahí, y hasta tres kilómetros antes de El Espinar, hay unos diez de toboganes, en los que se puede dar rienda suelta al temperamento ciclista metiendo plato grande y piñón pequeño y tratando de ir a la máxima velocidad que se pueda alcanzar. No es una bajada ininterrumpida, ya que de vez en cuando surgen repechos, pero los que entrenamos por ella nos sentimos potentes al recorrerla (en cambio, al hacerla en dirección contraria, a la ida, siempre nos da la impresión de que ese día estamos yendo fatal). La entrada a El Espinar es, a partir de la fábrica de Siro, una cuesta de dos kilómetros, que acaba con las pocas fuerzas que nos suelen quedar al término del entrenamiento.

Hoy era el primer día de la temporada que salía por aquí. Las obligaciones laborales (con viajes y tareas diversas en el COSCYL) y la obligada recuperación tras la caída que sufrí el 23 de febrero no me han permitido volver por estos terrenos hasta ahora. Ni que decir tiene que tenía muchísimas ganas de entrenar por mi Campo Azálvaro. Por mis recorridos habituales salmantinos no encuentro apenas subidas como las de aquí, y me conviene hacer todas que pueda para trabajar uno de mis puntos débiles: la escalada.

Los prados estaban hoy surcados por un sinfín de arroyuelos, que en verano, y especialmente en tiempos de sequía, no suelen llevar apenas agua. El paisaje me resultaba muy distinto porque lo cubría un fresco manto verde, mientras que en la época estival el dorado de los pastos secos y la avena loca es lo que caracteriza al Campo Azálvaro, confiriéndole un aspecto algo inquietante e inhóspito, muy distinto de la impresión afable que presenta en primavera. Con el siguiente vídeo, el lector podrá hacerse una idea de cómo es esta zona en las distintas estaciones del año:

 

 Después de la subida hasta el Ventorro, que siempre se hace dura, me relajé todo lo que me permitió el vientecillo que soplaba de suroeste y pedaleé hacia el cruce, situado ya en territorio abulense. Una vez allí, me dirigí hacia las primeras rampas del puerto de La Lancha, que ha sido clasificado (muy generosamente tal vez) como de 2ª categoría. La ascensión se divide en dos tramos, separados por un descansillo, que baja más que llanea: el primero, hasta la entrada a la frustrada urbanización de "El Castillo", y el segundo, desde el puentecito de piedra que salva el río Tuerto hasta el parque eólico cercano a Navalperal de Pinares. Dos curvas antes del verdadero alto, hay una escalera de piedra, bien visible para el ciclista, que conduce a un manantial que tiene agua fresca aun en los rigores del estío y que es una de las poquísimas fuentes que se pueden encontrar por los contornos.

El embalse de Serones
Subí con un desarrollo fácil, sin forzar, ya que no quería quemarme, en previsión de que mañana pueda salir con alguna grupeta del Club Deportivo Caloco que me "estire el cuello", como decimos en el argot ciclista. La bajada la hice, como siempre, con precaución, ya que hay unas cuantas curvas sin visibilidad y no quiero sustos con los vehículos que suban en dirección contraria. Al llegar al cruce, no tomé el sentido hacia El Espinar, sino que torcí hacia la izquierda para hacerme algunos kilómetros extras. De mis compañeros del club he aprendido a completar las salidas yendo hasta un chalet solitario que hay algo más allá del embalse de Serones y que domina desde una loma la masa de agua. Allí me di la vuelta y, un poco más abajo, coincidí con un integrante del Caloco al que no conocía y que resultó ser el Presidente del mismo. Volvimos ya los dos juntos y a un ritmo muy tranquilo.


domingo, 6 de abril de 2014

El artículo de la entrada anterior, en un formato de más fácil lectura

Espero que aquellos que hayan tenido problemas para bajarse la imagen de la entrada anterior encuentren más sencilla esta forma de leer el artículo de Ciclismo a Fondo:
http://issuu.com/sophiementer/docs/art__culo_ciclismoafondo

miércoles, 2 de abril de 2014

Mis orígenes como ciclista





































Para aquellos que deseen saber cómo fueron mis inicios en el ciclismo, subo esta entrevista que me hizo en septiembre Sergio Palomar para la revista Ciclismo a fondo, que publico con su autorización. Hay que hacer clic en la imagen de la siguiente manera para que se descargue a un tamaño que permita leer el texto:
  • Clic con el botón derecho.
  • En el menú, clic a "ver imagen".
  • Una vez abierta, usar la lupa para agrandar su tamaño.

lunes, 24 de marzo de 2014

Mi fichaje por el Rioja Motor - C.D. Caloco - Bicicletas Félix Pérez





Anuncio oficialmente mi fichaje por el equipo de ciclismo femenino Rioja Motor - Club Deportivo Caloco - Bicicletas Félix Pérez. Es mi comienzo en el mundo de la competición oficial.

El equipo consta de dos chicas cadetes, dos juniors y (conmigo) cinco élites.

lunes, 17 de marzo de 2014

Quién es la pianista-ciclista

El primer día que escribí en este blog, no me presenté a los lectores. Mi nombre es Miriam Gómez-Morán y soy instrumentista de teclas históricas y modernas. Para los que no sepan en qué consiste eso, aclararé que se trata de que toco el piano, el clave y el fortepiano (piano histórico en todas sus variantes de épocas y mecánicas). Desempeño mi labor docente desde el año 2000 en el Conservatorio Superior de Música de Castilla y León. Además, ofrezco conciertos con regularidad, imparto cursos y publico artículos sobre música. Mi compositor preferido es Liszt, quien, con el paso de los años, se ha convertido en uno de mis campos de especialización.

Además de mi profesión, otro aspecto importante de mi vida es el deportivo. Aunque mi incorporación a este mundillo ha sido muy tardío (en septiembre de 2011), en la actualidad dedico buena parte de mi tiempo, energía e ilusiones al ciclismo y a correr.


Tras un concierto.
Con Sergio Palomar, Antonio Martín "Pispajo" y José Ramón Moreno, al término de la cronoescalada al puerto de La Cruz Verde (2013).

Estrenando la obra "Homenaje a Isaac Albéniz: III. Salamanca", de José Luis Turina.

lunes, 10 de marzo de 2014

Comenzando mi nuevo blog

Con la excusa de estar realizando un curso de blog en el CFIE-Salamanca, aprovecho para crear esta nueva bitácora sobre mis experiencias como pianista y como deportista popular (ciclismo, correr). El título que he escogido, Pedalear tocando el piano, se lo he tomado a Sergio Palomar Asenjo, jefe de pruebas de Ciclismo a Fondo, quien me entrevistó hace unos meses para la mencionada revista, llamándola precisamente así por una frase del célebre ciclista Hinault, quien afirmaba que había que subir los puertos tan relajadamente que uno pudiera ser capaz de tocar el piano mientras daba pedales.