domingo, 7 de diciembre de 2014

Tercera carrera de la Liga de Cross 2014-15 de Cabrerizos

Hoy me levanté, como muchos otros domingos, bastante temprano: eran las 7 de la mañana cuando sonó el despertador. Me froté los ojos y, resignada, emprendí la tarea de liberarme del edredón y del sueño que trataba de disuadirme de salir del confortable lecho en que me estaba descansando. Bajé a desayunar inmediatamente para que me diese tiempo de hacer la digestión antes de salir de casa y me comencé a preparar para la carrera que tenía a las 10:30: el tercer cross de la Liga 2014-15 de Cabrerizos.

Cartel de la XXII Liga de Cross

La Liga de Cross consta de cinco carreras, que tienen lugar entre noviembre y febrero. La organiza mi club de atletismo, Atletas Veteranos de Salamanca, al que pertenezco desde hace algo más de medio año. Los caminos por los que se desarrolla están llenos de repechos duros, arena suelta o, en el peor de los casos, barro, así que sólo los corredores más valientes (o más "masocas") de la zona se atreven a inscribirse en ella. En 2013-14, participé en todas las ocasiones; en esta edición, en cambio, no corrí el primer cross porque no estaba preparada y, además, me correspondía ayudar en la organización controlando uno de los cruces del recorrido.

Hace quince días, me atreví a tomar la salida en la segunda carrera de la Liga. Hacía un tiempo infame, con una lluvia que no sólo amenazaba con dejarnos empapados, sino que había anegado los caminos de la zona. El circuito comenzaba y acababa en Moriscos, una localidad vecina a Cabrerizos, y, si bien no resultaba de los peores en lo que a subidas se refiere, el barro lo había vuelto lento y peligroso. Así pues, al sonar el pistoletazo, yo ignoraba si iba a ser capaz de llegar a la meta sin sufrir ningún contratiempo. Tengo que aclarar que llevaba sin poder correr prácticamente desde que el 23 de febrero sufrí una caída de la bicicleta que me causó no sólo un traumatismo craneal con pérdida de memoria de unos 30 minutos, un esguince cervical y una contusión en el sacro, sino también una rotura fibrilar en el adductor derecho. Esta última lesión no ha empezado a sanar hasta hace pocas semanas, y ha sido entonces cuando me he decidido a volver poco a poco a entrenar carrera a pie. Por supuesto, lo he hecho alternando unos minutos andando con otros corriendo, y lo más que había trotado seguido había sido media hora. De repente, me veía en la tesitura de afrontar más de 10 km por barro y cuestas sin tener ni fondo suficiente ni la musculatura preparada. Sufrí lo indecible y tuve que caminar en algunos tramos durante el último tercio del recorrido, pero conseguí acabar sin resentirme de la lesión, razón por la cual me sentí feliz, a pesar de la marca tan mala que había hecho, que no tenía nada que ver con las que había logrado el año anterior.

Corriendo por Moriscos

Entre ese cross y el de hoy, he corrido un 5k en Salamanca capital: la II Vuelta Pedestre. Ahí confieso que no me contuve y traté de, al menos, bajar de la media hora (un tiempo mediocre para la temporada pasada, pero bueno para mi estado actual). Lo logré, esforzándome al máximo y sufriendo hasta el final.

Con Andrea García Torán en el calentamiento para la II Vuelta Pedestre a Salamanca

Este domingo, 7 de diciembre de 2014, amaneció con una capa de escarcha sobre los campos y un cielo azul brillante. A pesar de la helada que había caído, la temperatura no era excesivamente fría cuando llegué a Cabrerizos: 2º C. Calenté trotando sólo un poco porque sabía que el recorrido era muy largo para mí (12 km) e iba sin haber hecho aún entrenamiento de fondo en condiciones. Realicé unos cuantos de los estiramientos dinámicos que me ha enseñado Dori Ruano (antes de salir, había trabajado unos minutos con plataformas inestables y había efectuado unos ejercicios excéntricos para el Aquiles y los gemelos). Una vez lista, me dirigí a la zona de la salida, donde tuve la precaución de colocarme al final del grupo para no estorbar a los que iban a correr más rápido que yo (casi todos).

Salida del tercer cross

Cabrerizos está situado en una plataforma que ha quedado colgada, por la erosión fluvial, sobre la vega del río Tormes. Los campos que lo rodean se hallan salpicados de ondulaciones y tesos, por los que ascienden numerosas vías pecuarias, y el casco urbano tampoco se libra de las pendientes, en ocasiones bastante duras. Mi amiga Lourdes G. Francés, quien, además de ser traumatóloga y deportista, posee unas innegables dotes literarias, describe así el terreno: "cuando la diosa de la Tierra (Gea o Gaia) se peinaba sus cabellos con sus enormes dedos nervudos, millones de años atrás, no pudo deshacer el nudo que hoy en día forman las colinas de Cabrerizos, los Caenes, con sus caminos desarbolados, expuestos a la intemperie más absoluta, donde los esforzados runners ponemos a prueba en el otoño e invierno mesetarios nuestra resistencia y tenacidad".

Ya simplemente atravesar el pueblo resulta exigente por las cuestas. Me sentí pesada y torpe en el tramo asfaltado de la carrera. Una vez en terreno abierto, me preparé mentalmente para abordar la subida del kilómetro 3, que es larga y va aumentando su pendiente hasta llegar a casi un 9% cerca del final. Tenía que ser muy conservadora porque me esperaban otros dos tramos difíciles: uno, en el kilómetro 8, y otro, en los escarpes (especie de acantilado sobre la carretera de Aldealengua que acaba con las pocas fuerzas que aún nos quedan a los corredores). 

En este cross, como era de esperar, fui siempre a la cola del grupo. No podía permitirme otra cosa, ya que no quería arriesgarme a "romperme" (en el argot deportivo, lesionarme) y quedarme sin poder participar en el principal acontecimiento "runnero" para mí del año: la San Silvestre Vallecana. Fui regulando en todo momento mi ritmo con la información que me proporcionaba el pulsómetro y cuidé al máximo mi zancada para no forzar el adductor.

Algo que me ayuda mucho a soportar el sufrimiento durante las carreras es la música que llevo en mi iPhone. Siempre es clásica, y en cada temporada tengo mis obras preferidas. En 2012-13, me acompañaban con frecuencia el Concierto en Sol de Ravel, la 6ª Sinfonía de Tchaikovsky y la 1ª de Brahms. Un año más tarde, me pasé a las Sinfonías 8ª y 9ª de Beethoven, que aún utilizo de vez en cuando. En estas últimas semanas, me he enganchado a la música de Poulenc, que es la que he ido oyendo hoy: el Concierto en do # menor, el Sexteto, la Sonata para dos pianos y el Concierto para dos pianos y orquesta. Cuando me encuentro al límite de mis fuerzas, con las pulsaciones más allá del umbral anaeróbico y con las piernas diciendo "basta", el centrarme en las obras que escucho me protege psicológicamente y me impulsa a resistir.

En el transcurso de una competición, el corredor no sólo lucha contra su cuerpo, sino también contra su mente. De hecho, ésta le pone más trabas que aquel. Desde los primeros metros, una oleada de pensamientos negativos como "qué diablos hago yo aquí", "no voy a ser capaz de aguantar todo el recorrido", "ya me han pasado todos y voy en último lugar", "Dios mío, lo que me queda aún", etc., tratan de boicotear al pobre deportista. La tentación de abandonar se hace muy fuerte y el coche escoba parece tener imán y hasta una voz seductora que susurra: "ven, querido "runnero", que yo te acojo y vas a ir de lo más cómodo aquí sentadito". Si se sigue adelante, si uno no se rinde, es gracias a su fuerza de voluntad, a la resistencia mental adquirida en los entrenamientos y a las ganas de demostrar a aquellos que depositaron su confianza en él (entrenador, familia...) que no se equivocaron al hacerlo. Yo no me libro tampoco de la influencia de los "demonios del deportista", y cada vez que me encuentro en una carrera me planteo que ésa va a ser la última que haga porque se sufre demasiado. Por fortuna, mi actitud cambia completamente cuando atravieso exhausta la línea de meta, y deseo que lleguen la próxima competición y otras muchas más.

Al término de los crosses, llega el momento de los saludos, las felicitaciones y, cómo no, también de las fotografías que han de subirse a las redes sociales. Más tarde, ya en casa, nos entretendremos en rebuscar por internet álbumes con las imágenes de la carrera para descargárnoslas y etiquetarnos en ellas en Facebook.

Con Lourdes G. Francés tras la carrera de hoy

Para los que quieran tener una visión de conjunto de lo que han significado para mí hasta el momento los crosses de Cabrerizos, he preparado esta presentación de PowerPoint. Es mejor descargarla, guardarla en el disco duro y verla desde esa ubicación, ya que en SlideShare hay elementos que no funcionan, tales como la música de fondo.




jueves, 4 de diciembre de 2014

Mis primeros pasos con la bici de montaña

Desde hace unas semanas, he comenzado una nueva fase en mi entrenamiento: la pretemporada. Ése es el período en que el deportista construye la base que le permitirá rendir al máximo durante los meses siguientes (en el caso del ciclista, en primavera-verano, que es cuando tienen lugar las competiciones). Mi entrenadora, Dori Ruano, me manda en esta época sesiones de correr, de entrenamiento funcional (explicaré lo que es eso en una próxima entrada) y de bicicleta. Dentro de esto último, la novedad es que este año me he apuntado a un grupo de adultos en la Escuela de Ciclismo de Villamayor para trabajar técnica en la bici de montaña.

Mi bicicleta de montaña, BH Over-x


Mi BTT (bicicleta todo terreno) es bastante sencilla. La compré de segunda mano en agosto y la estrené en una marcha cicloturista que lleva el nombre de Dori y que se celebra en su pueblo natal y mío de adopción todos los veranos. En realidad, he de confesar que no tenía prevista tal adquisición, puesto que siempre le he tenido mucho miedo a esta modalidad de ciclismo por el riesgo de caídas y no me atraía gran cosa eso de rodar por caminos con arena y piedras sueltas o acabar con barro hasta en el pelo. Si me hice con ella, fue porque mi entrenadora se puso firme y me mandó enrolarme en la Escuela de Ciclismo para aprender a manejar mejor mi vehículo. Como soy consciente de que eso me puede ayudar a prevenir caídas en la bici de carretera, le hice caso y, en contra de mi voluntad, empecé a asistir a las clases en cuestión los sábados por la mañana.

Cuatro de las valientes chicas del grupo de adultos y su maestra Dori (en primer plano)

Las primeras dos o tres clases me resultaron muy duras psicológicamente. Eso de asomarme a lo que yo calificaría de terraplén, y que para los monitores (capitaneados y formados por la propia Dori) no es más que una trialera sencillita, ya me provocaba temblores en las piernas. Gastaba más energía por los nervios que por el mero esfuerzo físico. He de confesar, no obstante, que no era la única del grupo con miedo. No sé si es que a ciertas edades una se va volviendo menos arrojada o que siempre he sido muy poco atrevida para estas cosas, pero lo cierto es que no duele igual un golpe ahora que cuando eres niña: ni te caes de la misma altura, ni la masa que golpea el suelo es tan ligera, ni curan las heridas tan pronto.

Después de la tercera sesión, mi amiga Neli Nieto me invitó a hacer una ruta no muy larga con ella y una grupeta de BTT con la que está saliendo este otoño. Decidí probar, a ver si se iba notando lo aprendido. Y, para mi sorpresa, una vez vencidos el pánico inicial y el agobio por intentar seguirles el ritmo a los compañeros, me encontré estupendamente sobre la bicicleta. Es más: disfruté verdaderamente recorriendo los caminos del sur de la ciudad de Salamanca. Ese día representó un punto de inflexión en mi actitud frente a esta modalidad de ciclismo.

Desde ese momento, mis sensaciones en la BTT han ido haciéndose cada vez mejores. Me voy notando con mucho más dominio de la máquina, y ya ni me impresiona hacer ejercicios que dos meses atrás me causaban angustia. Aprendo muchísimo de Dori Ruano, que suele acompañarnos a los adultos y nos enseña con su paciencia habitual y su gran visión pedagógica, así como de los demás monitores.Como ejemplo de lo que voy siendo capaz de hacer, he aquí un vídeo muy breve en el que se nos ve a mi compañera Montse y a mí efectuando un descenso por una trialera en el parque de Valcuevo (tenía más pendiente de lo que se aprecia en la grabación):


Algo que me atrae mucho de la BTT es que me lleva a lugares a los que normalmente no se accede. Por ejemplo, he descubierto parajes tan singulares como el Jardín Secreto del Tormes, el antiguo polvorín de Salamanca o la cueva de Rascones en el parque de Valcuevo.


Caseta en el Jardín Secreto del Tormes

Uno de los grupos de la Escuela de Ciclismo de Villamayor en la ermita del Viso

Campos de la Armuña

Bicicletas en los terrenos del polvorín de Tejares

Cueva de Rascones

Ruinas de la iglesia de Santibáñez del Río

El Tormes desde Valcuevo



jueves, 10 de julio de 2014

Tocando y pedaleando por Francia

Durante mi recital en Marsac (foto: Mike Floyd).
El 14 de junio emprendí viaje a tierras francesas. Tenía que dar un recital en Marsac, un pueblecito situado en el departamento de Tarn y Garona, perteneciente a la región de Mediodía-Pirineos. Como el lugar se encontraba a unas ocho horas de coche de Salamanca y, además, quería llevarme la bici para entrenar, decidí realizar el trayecto en mi propio vehículo, haciendo noche en San Sebastián para visitar a mi tía y, de paso, descansar de tanta carretera.

Después de atravesar media península ibérica por la A-62 y la AP-1, así como las regiones francesas de Aquitania y Mediodía-Pirineos, llegué, a través de un dédalo de carreteritas estrechas que discurrían entre colinas, a Marsac. Mi primer pensamiento fue que me esperaban unos días de duro entrenamiento, a juzgar por el relieve de la zona. De hecho, la única manera de acceder a la localidad en la que me alojaba era subir por pendientes que llegaban hasta el 17%. Como no soy escaladora en absoluto, sino rodadora, me iba a tocar sufrir, pero me alegraba de disponer de un terreno tan útil para trabajar mis puntos débiles sobre la bicicleta (los interminables llanos salmantinos no ayudan demasiado en esto).

Casitas apiñadas en Marsac, con el castillo al fondo.
Marsac es un pueblecito diminuto construido principalmente en piedra, aunque hay muros que presentan ladrillo aquí y allá, además de entramado de madera. Destaca en su perfil la mole del castillo, que en tiempos (según me contó su actual dueña) fue mucho más alto, antes de que Richelieu lo mandara desmochar (cura de humildad habitual en la época en muchos países). Las casitas están apiñadas las unas contra las otras, como si tuvieran miedo de salirse del pequeño espacio que brinda la cumbre de la colina en la que se asientan. Unas cuantas construcciones en forma de torre se erigen no sólo en el casco urbano, sino también en las tierras de labor aledañas: son palomares, que, según pude saber, constituyen una magnífica muestra de la arquitectura rural de la región de Mediodía-Pirineos y que son un indicativo de la riqueza de aquellos que los mandaron levantar; los más antiguos datan de 1600.

Palomares de Marsac.
El concierto estaba organizado por mis viejos amigos David y Fiona Finch, que tiempo ha ya me habían proporcionado tanto la oportunidad de ofrecer recitales en Estados Unidos, Escocia e Inglaterra, como una ayuda inestimable para la grabación de mi CD de obras de Liszt. Tras establecerse ellos en el país vecino, se habían puesto manos a la obra para retomar su actividad de benefactores de la música, para lo cual habían adquirido y restaurado un granero antiguo que se hallaba junto a su nuevo hogar. En él habían colocado uno de sus pianos Steinway (el D de madera de palisandro) y habían dispuesto los muebles de tal manera que era sumamente fácil desplazarlos hacia los lados de la estancia para colocar en su lugar las sillas necesarias para el público. Al poco de llegar, y tras familiarizarme con la casa (tarea nada fácil, ya que se trataba de una edificación laberíntica que había sufrido transformaciones y ampliaciones varias a través de sus muchos siglos de existencia) y dar un paseíto por los alrededores para estirar las piernas, me dispuse a estudiar el repertorio del recital. Éste consistía en obras de Liszt: el Sonetto 104 del Petrarca, Invocación, Bendición de Dios en la soledad y la Sonata en si menor. Hacía tres días que, entre tribunales de exámenes y horas de coche, no ponía la mano sobre las teclas, así que necesitaba con urgencia desperezar los músculos de los dedos sobre ese instrumento, al que conocía bien por haberlo tocado en mis visitas a la antigua residencia escocesa de mis anfitriones.

El gato Minuit.
Mis amigos me habían contado poco antes de mi viaje que habían decidido adoptar a un compañerito peludo que merodeaba por su jardín: el gato Minuit. El pobre animal se había quedado abandonado en Marsac cuando sus anteriores dueños vendieron la casa en la que vivían y se había convertido en un vagabundo. Como parecía ser de buen carácter y bastante joven aún, David y Fiona habían considerado que merecía la pena ocuparse de él. Mi primer encuentro con Minuit no me dio muchas esperanzas, ya que el minino, al no conocerme, tenía miedo de mí y no se dejaba acariciar. No dispuesta a rendirme, tracé un plan que consistía en comprarle unos sobres de una comida que a mi gato le entusiasma, con la esperanza de que eso me sirviera para ganarme su afecto. Et voilà! La estrategia dio sus resultados inmediatamente, de modo que Minuit pasó de huir de mí a buscarme a todas horas y a subirse a mi regazo obedeciendo a un gesto de mi mano. Así tuve compañía felina durante toda mi estancia.

Dispuesta para salir a entrenar.
Los días en Marsac transcurrían apaciblemente. Por las mañanas, dedicaba algo más de dos horas a entrenar por los alrededores. Mis salidas me llevaban por localidades como Lavit de Lomagne, Castelsarrasin, Saint Nicolas de la Grave, Moissac o Larrazet, atravesando kilómetros y kilómetros de campos que alternaban el cereal con los regadíos. Las carreteritas, estrechas pero de asfalto impecable (no había baches ni gravilla), subían y bajaban constantemente en una alegre ignorancia del llano. Había algunas subidas que casi podrían considerarse puertecitos, más por su pendiente que por su longitud. Había que ir con mucho cuidado con los coches, ya que casi ninguno respetaba la norma de dejar metro y medio entre él y el ciclista, además de no aminorar gran cosa la velocidad al pasar (a mi juicio, iban demasiado rápidos para la escasa anchura de la vía). La verdad es que, con esta experiencia que he tenido de rodar por esas tierras, pienso que casi estamos más protegidos en España, a pesar de lo que muchos crean. Eso sí: lo que me impresionó fue lo cuidadas que estaban las carreteras, a diferencia de las que transito habitualmente y que están llenas de socavones, asfalto rugoso, arena, hierbajos que lo invaden todo... No creo que sea algo que dependa sólo de la frecuencia del mantenimiento, ya que todo lo que acabo de decir sería perfectamente aplicable a la ruta de la vuelta de S. Pedro del Valle (mi zona de entrenamiento más frecuentada por Salamanca), cuyos viales fueron arreglados hace un año. Más bien opino, con el atrevimiento propio del desconocimiento de la técnica, que aquí se hacen peor esas obras, de manera que no duran casi nada. Se suele decir que en Salamanca se destrozan las carreteras a causa de los riegos de las huertas, pero eso mismo debería pasar en la región de Francia en la que he estado, porque los cultivos eran casi los mismos y los aspersores también echaban parte del agua al asfalto. El clima tampoco es muy diferente, y tractores y otros vehículos pesados están constantemente transitando por esos caminos.

La iglesia de Marsac con sus campanas.
El concierto tuvo lugar el miércoles 18 a las 18:30. Tras haber tocado las dos primeras obras, comencé la Bendición de Dios en la soledad. En su parte central, esta obra presenta una pedal de La en el bajo que yo siempre he considerado un toque de campanas. Precisamente cuando la estaba emprendiendo con ella, comenzaron a repicar las de la iglesia del pueblo (y de manera bastante ostensible, ciertamente). La única lástima fue que una de las que sonaban estaba afinada a un sol sostenido, porque, de haberlo estado medio tono más alto, hubiera encajado perfectamente con la pieza. En cualquier caso, la coincidencia me hizo mucha gracia, así que decidí ajustar el tempo del pasaje hasta tener la sensación de hacer "música de cámara" con el tañido del campanario cercano.

Abadía de Moissac.
Y, como no sólo de música o ciclismo vive el hombre (o la mujer, en este caso), mi periplo francés se vio enriquecido por experiencias como las visitas al castillo de Marsac o a la abadía románica de Moissac. En el primero, su dueña nos estuvo mostrando no sólo algunas de sus estancias y su magnífica escalinata gótica, sino también objetos tan curiosos como una cucharilla para absenta o un sacaleches de hace varios siglos. En el edificio monástico, cuya portada sirvió de modelo para la de la abadía de la película El nombre de la rosa, volví a mis quince años, edad a la cual mi querida amiga Mª del Mar Muñoz Sánchez y yo estábamos absorbidas por el libro de Umberto Eco en que se basa la obra cinematográfica. Hubiese deseado explorar muchos más lugares de interés de los alrededores, como las ruinas de otro edificio abacial, Belleperche, delante del cual pasé en uno de mis entrenamientos ciclistas. También me tentaba relajarme en el área recreativa de Loisirs82 en S. Nicolas de la Grave, que igualmente vi mientras pedaleaba. Las ciudades relativamente cercanas de Montauban, en la que tocó Liszt, o Albi merecen un paseo por sus calles en una próxima ocasión.

El 21 de junio abandoné Marsac para unirme en Tafalla a mi equipo, el Rioja Motor-Club Deportivo Caloco-Bicicletas Félix Pérez, que participaba en una carrera del Trofeo Euskaldun y, al día siguiente, en una de la Copa de España (Villamediana de Iregua, La Rioja). Pero eso ya es materia para otra entrada del blog.


domingo, 8 de junio de 2014

Artículo: "Los músicos y la cultura".

Comparto hoy un artículo que escribí a los 21 años sobre la necesidad que tenemos los músicos de poseer un extenso acervo cultural. Casi dos décadas más tarde, sigo suscribiendo todas y cada una de las palabras que publiqué en su momento.

El documento se puede descargar. Ruego que, en caso de utilización, se cite de manera adecuada, dejando constancia del nombre de la autora. Gracias.


miércoles, 4 de junio de 2014

Músicos y pulsaciones por minuto

(Esta publicación no pretende ser un estudio científico, sino tan solo exponer tanto unos hechos comprobados en mí misma, como las conclusiones a las que he llegado tras analizarlos.)

Hace algún tiempo prometí en las redes sociales escribir acerca de un experimento que había llevado a cabo. Se trataba de averiguar, con ayuda de un pulsómetro, cuántas pulsaciones por minuto presentaba durante un concierto. La cuestión me inspiraba cierta curiosidad desde que había tenido conocimiento de un estudio que la Dra. Claudia Iñesta Mena había realizado con músicos tocando, en el cual se afirmaba que el esfuerzo que los integrantes de mi gremio realizamos durante una ejecución en público es igual al de un deportista de élite compitiendo.

En varias ocasiones, había comprobado mi frecuencia cardíaca durante el estudio en casa, pero nunca lo había hecho en concierto. El primero de los dos que ofrecí en la Fundación Juan March en abril fue el escogido para realizar la medición (25-04-2014 a las 7:30 p.m.). El programa constaba de dos obras: la Fantasia on an ostinato de John Corigliano (una obra tranquila de corte minimalista) y la endemoniada transcripción de la 8ª Sinfonía de Beethoven realizada por Liszt. Era esta última pieza la que me interesaba, ya que es lo más duro que he tocado en mi vida, tanto física como mentalmente. Con ella, por tanto, era muy posible que alcanzara el máximo de pulsaciones que jamás tuviera en público. Así pues, me coloqué la banda del pecho de mi Garmin y apreté el botón de comienzo aproximadamente un minuto y medio antes de salir al escenario.

Veamos la gráfica que obtuve al descargar los datos del pulsómetro en el ordenador:



Como se puede apreciar, las pulsaciones máximas por minuto fueron 147 y se alcanzaron en el desarrollo del primer movimiento de la Sinfonía. La media resultó ser de 117 (el registro completo de la actividad se puede ver aquí). Durante la obra de Corigliano, apenas se elevan (los picos del principio coinciden con el momento en que estoy de pie esperando la señal para salir desde la parte trasera del escenario; al sentarme y comenzar a tocar, bajan claramente). En el Beethoven-Liszt, el ritmo cardíaco aumenta,  especialmente en el acrobático e intenso Allegro vivace del final. Los últimos minutos de la gráfica se corresponden con aplausos, salidas al escenario a saludar y una propina (primer movimiento de la Sonata KV 330 de Mozart).

Ahora comprobemos cuál fue el registro que obtuve con el pulsómetro durante la Contrarreloj Individual "Trofeo Interpeñas", celebrada en El Espinar (Segovia) el 1 de septiembre de 2013:


En esa ocasión, mantuve unas pulsaciones medias de 176, con picos de hasta 191 (ver actividad).

Comprobemos ahora un entrenamiento cualquiera en bici realizado recientemente (31-05-2014):



Tal y como muestra la gráfica, el pulso no sube tanto como en competición, aunque se alcanzan dos picos de 187 pulsaciones por minuto coincidiendo con un esfuerzo en subida. La media resultó ser de 151 (ver actividad).

Si comparamos los tres registros, podemos obtener las siguientes conclusiones:

  • El ritmo cardíaco en situación de concierto es mucho más bajo que el de un entrenamiento medio y, por supuesto, que el de una competición. 
  • Tocando en público, en muchos momentos (cuando la obra no presenta pasajes muy movidos físicamente) ni siquiera llegamos a la zona considerada aeróbica (60% del máximo, que, teniendo en cuenta el alcanzado en la crono, estaría en torno a las 114 pulsaciones por minuto).
Mi pregunta respecto al estudio de la Dra. Iñesta sería si se efectuaron mediciones en sujetos que fueran a la vez músicos profesionales y deportistas bien entrenados, cosa que ignoro. También desearía conocer las diferencias que pueden darse entre instrumentistas de diversos tipos (tecla, viento madera o metal, cuerda frotada o pulsada, voz, etc.). Imagino que, por ejemplo, el tener que soplar imprimiéndole una determinada presión al aire puede suponer un esfuerzo físico mayor que el mío, así como el tocar de pie.

En mi opinión, si algunos intérpretes llegaron a presentar unas pulsaciones comparables a las mías durante la competición, esto podría achacarse a dos factores:
  • Una tensión nerviosa excesiva por miedo escénico.
  • Una deficiente forma física del sujeto. 
Si el segundo punto de mi hipótesis fuera cierto, un programa de entrenamiento deportivo adecuado podría reducir considerablemente el esfuerzo realizado en los conciertos, con la consiguiente mejora de las sensaciones y de la claridad mental (en el umbral anaeróbico y por encima de éste es casi imposible llevar a cabo cualquier tarea que sea intelectualmente exigente, tal como tocar un instrumento). Además, la mera percepción de la taquicardia aumenta la ansiedad del intérprete, razón por la cual muchos recurren al conocido medicamento Sumial (betabloqueante), que sirve (entre otras cosas) para controlar el ritmo cardíaco y los temblores y la sudoración de las manos.

Me gustaría saber la opinión de los lectores respecto a esta publicación. Se agradecen los comentarios al respecto.

lunes, 19 de mayo de 2014

Entrenando por la Sierra de las Quilamas

Ayer salí a entrenar por la vega del Tormes. No estaba muy convencida, la verdad, de la ruta que quería seguir. Tan sólo sabía que debía hacer unos 70 kilómetros y que tenía que dirigirme hacia el oeste, ya que el viento provenía de allí. Cuando llevaba unos 16 kilómetros recorridos, sonó mi móvil. Normalmente suelo hacer caso omiso de las llamadas durante mis entrenamientos, pero esta vez lo cogí porque suponía que se trataba de mi amiga Neli Nieto, extriatleta, y albergaba la esperanza de que me dijese algo que me sacase de la apatía que me provocaba el rodar por lugares tan frecuentes para mí. Y no me equivocaba: Neli me invitaba a pasar la tarde en Valero, su pueblo, con salida ciclista incluida por la sierra de Salamanca. Ante una perspectiva tan tentadora, me di media vuelta, pedaleé lo más rápido que pude para regresar a casa (de hecho, me salió la media más alta que he visto jamás entrenando), metí la bici en el coche y emprendí camino hacia las Quilamas.

El río Quilamas
Valero se encuentra en una hondonada a la que se llega tras una bajada de unos seis kilómetros por un puerto de carretera estrechísima. El paisaje impresiona por lo abrupto, con las faldas de las montañas llegando a tal profundidad, que parecen perderse más allá del valle. Pinos, eucaliptos, jaras, saúcos y demás vegetación cubren las laderas. Al llegar al final del puerto, un puente cruza el río Quilamas, fresco y ronroneante. Allí, en la zona de la piscina natural, me esperaban Neli y unos amigos suyos. Esa zona habilitada para la natación no dejó de sorprenderme: yo esperaba encontrarme un vaso de las características habituales, pero lo que había en su lugar eran el mismo cauce del río y unas compuertas que, cuando estuvieran echadas, contendrían el agua embalsándola (al estar fuera de temporada de baño, aún no se había cortado el paso al líquido elemento). Según rezaban unos carteles, la profundidad que llegaba a alcanzarse con este sistema era de dos metros. Estuvimos un rato tomando el sol y charlando en la orilla. Yo iba vestida con coulotte y maillot, así que el influjo del astro rey sirvió para acentuar mi ya marcado "moreno ciclista", tal y como se puede apreciar en la foto:

Cultivando el "moreno ciclista"

El Piélago desde arriba
Después de comer, Neli y yo tomamos nuestras bicis y nos aventuramos por el recorrido que ella considera más sencillo desde Valero: la subida a Sequeros (al mirador en este caso, ya íbamos con relativa prisa y no teníamos tiempo de ir hasta la localidad en sí). Por fácil que pueda ser, en comparación con las demás rutas, no dejaba de comenzar con una subida de casi 2 kilómetros, la cual, con las piernas aún en frío, se hacía dura. Después de terminar esta pequeña escalada, una bajada llena de curvas por un desfiladero llevaba al fondo del valle. En una zona llamada por los lugareños "el Piélago", se veía a gente bañándose. Según me explicó Neli, ése es el lugar en el que se juntan los ríos Quilamas y Alagón. Allí, las rocas adoptan formas caprichosas y llenas de aristas, que parecen mecerse en un dormitar petrificado sobre la corriente.

Bajar no es lo mío, he de reconocerlo. Con todo lo que sufro en las subidas, al menos en ellas voy tranquila, sin miedo de salirme o de derrapar en una curva. En las bajadas, me siento con mucho complejo porque los demás me tienen que esperar. Confío en que el hacerme con una nueva bicicleta, que domine algo mejor que mi actual Macario (un poco grande de talla para mí y con un manillar excesivo para mis manos pequeñas), me ayude a ir soltándome poco a poco.

Vista desde el mirador de Sequeros
Después de esa breve bajada, la carretera empezaba a "picar para arriba". Al principio, el desnivel no era
muy acusado, y me encontraba suelta y hasta sobrada. Más tarde, no obstante, unas cuantas rampas relativamente largas y algo más pendientes me hacían meter el último piñón del que dispongo. Aun así, la subida se hacía muy agradable, tanto por la belleza de lo que contemplaban nuestros ojos como por los aromas penetrantes y variados que exhalaba la vegetación que poblaba las laderas. Llegamos al mirador de Sequeros, hice una foto y nos volvimos por el mismo camino.

Poco antes de llegar a Valero, Neli y yo pusimos en funcionamiento nuevamente la cámara de mi móvil para retratarnos la una a la otra sobre nuestras monturas. He aquí el resultado:

Neli

Miriam

Espero volver pronto a esa zona tan atractiva por los paisajes y por sus puertos. Creo que, cuando las inclemencias meteorológicas no me permitan escaparme a mi Campo Azálvaro, a La Lancha y a La Cruz de Hierro, me va a merecer la pena desplazarme a la sierra salmantina para entrenar. Iré narrando mis futuras experiencias en la zona en próximas entradas de este blog.






lunes, 12 de mayo de 2014

Impresiones de Weimar


(Redactado el 11 de mayo de 2014, pero subido un día después por falta de wifi.)
El Belvedere

El Fiat 500 que he alquilado en Alemania
Escribo estas líneas desde el aeropuerto de Frankfurt, donde he de tomar el avión que me devolverá a España. Salí esta mañana de Weimar en mi cochecito alquilado, no sin haberme despedido de la ciudad del mejor modo que sé: trotando por su centro histórico durante 45 minutos. Pasé por delante de la Hofgärtnerei (la hoy llamada Liszt-Haus, en la que toqué el martes al mediodía), el Fürstenbau de la Musikhochschule (donde di mis clases jueves y viernes) y otros lugares como la plaza del Teatro Nacional Alemán o la Schillerstrasse.


La Hofgärtnerei (Liszt-Haus)
Me he marchado de Weimar con pena. Esta ciudad, que al principio de mi estancia no me había impresionado demasiado, me ha ido cautivando con el paso de los días. Para conocerla en profundidad y apreciarla en toda su magnitud, no debemos contentarnos con pasear por sus elegantes calles y deleitarnos con determinados edificios (Casa Romana, palacios Wittum y Belvedere, etc.), sino que tenemos que penetrar en su inmenso legado cultural, que está presente en sus archivos (el Goethe-und-Schiller Archiv o la Biblioteca Anna Amalia), en el
El Fürstenbau de la Musikhochschule
interior de edificios como la casa de Goethe, la de Liszt (me refiero a aquella de la que he hablado más arriba, ya que el Altenburg no es visitable) o la de Schiller (que ahora no pude explorar porque estaba cerrada al público por obras), así como en otras instituciones, entre las que cabe mencionar los diversos museos (Bauhaus, Palacio, etc.). Si al llegar a Weimar tuve la impresión de que un par de días iban a bastar para exprimirla, según fui viendo lo que encerraba me convencí de que podría pasar toda una vida en ella y aún quedarme sin haber conseguido escudriñar muchos rincones de su legado. 

Llevaba desde la adolescencia queriendo hacer este viaje. La razón es muy simple: por seguir las huellas de Liszt. Y en ese sentido, contrariamente a lo que esperaba, en Weimar no he encontrado el entusiasmo por mi compositor preferido o incluso la explotación comercial de su figura que esperaba.
Busto de Liszt
Para el visitante medio, la presencia de este músico es como una sombra, algo que sólo se menciona de tarde en tarde. No sucede como en Budapest, donde sí que se puede percibir un cierto orgullo colectivo en el culto que los húngaros le dedican a su compatriota.  Me ha dado lástima que no se hable más de quien contribuyó grandemente a animar una Weimar que estaba en decadencia cultural y viviendo del pasado cuando él fue a parar a ella. Liszt convirtió en el siglo XIX a esa pequeña y provinciana localidad en la capital musical del mundo y en el estandarte de la llamada “música del porvenir”, amada por los progresistas y odiada por el bando conservador (con centro en Leipzig, una ciudad que hoy en día se encuentra a apenas una hora en coche. Para más información sobre estas dos facciones enfrentadas por cuestiones estéticas, remito al lector al artículo sobre la “Guerra de los Románticos”). ¿Qué queda de todo aquello? Casi nada. Una Escuela Superior de Música que lleva su nombre pero, lamento tener que decirlo, no su espíritu. Hablaré en otra publicación de las razones que me impulsan a emitir este veredicto.

Si bien no encontré a Liszt de la manera en que esperaba hacerlo, hallé algo mucho más interesante: mi propia adolescencia. Según iba introduciéndome en el ambiente weimariano, podía reconocer muchas de las cosas que constituyeron el alimento espiritual, emocional e intelectual de aquellos años para mí. Me di cuenta de ello especialmente el día en que pasé por la casa de Goethe. El contemplar la primera
Estudio de Goethe
edición de su Werther, el posar la mirada sobre la mesa en que escribió la segunda parte del Fausto, el tropezarme con ejemplares de Las afinidades electivas o con el retrato de la joven Ulrike von Levetzow (cuyo rechazo le inspiró la Elegía de Marienbad) me hizo ver que estaba no sólo ante el legado de un grandísimo escritor, sino ante mi propia vida. Había leído por primera vez (lo releería innumerables veces) el Fausto a los doce años, inspirada por el afán de conocer la obra literaria que había servido de base a la sinfonía lisztiana del mismo nombre, por cuya escucha casual me había quedado irremediablemente prendada de su compositor. Me había aprendido de memoria, cuando aún no sabía alemán, los versos del Coro Místico del final del Segundo Fausto:


“Alles Vergängliche

ist nur ein Gleichnis.
Das Unzulängliche,
hier wird's Ereignis.
Das Unbeschreibliche,
hier ist es getan.
Das Ewig-Weibliche
zieht uns hinan.

Traducción:

“Todo lo que sucede
es un mero símbolo.
Lo incompleto
aquí se completa.
Lo inefable
se hace real.
El Eterno Femenino
tira de nosotros hacia lo alto.”

(Un año más tarde intenté por vez primera aprender alemán de manera autodidacta, en realidad para poder comprender el significado de muchos de los textos relacionados con Liszt que me iba encontrando.)

 La Sinfonía Fausto de Liszt en versión de la Orquesta Sinfónica de Boston y Leonard Bernstein. El final contiene el Coro Místico: 
 

El Werther también fue objeto de mis atenciones a los doce años. Una frase de esa obra me pareció la definición perfecta del Romanticismo: 

“Ach, was ich weiss, jeder kann wissen. Mein Herz hab’ich allein.”

Lo cual, traducido muy libremente, es:

“Lo que yo sé, todos pueden saberlo. Sólo mi corazón es mío.”

Las afinidades electivas fue una obra que no leí hasta después de haber comenzado a trabajar en el COSCYL, pero ya desde esa época quería poder tenerla entre mis manos y devorarla, aunque hube de esperar varios años para lograrlo.

Santa Isabel (M. von Schwind)
Además de las referencias a estas obras y a otras que no mencionaré aquí para no cansar al lector, también me devolvieron a mi adolescencia y a la entrada en la edad adulta otras experiencias; entre ellas, la más notable fue la visita que realicé ayer al Wartburg, el castillo que habitó Santa Isabel de Hungría y que es Patrimonio de la Humanidad. Es cierto que este lugar no se encuentra el mismo Weimar, sino en Eisenach (una ciudad que dista aproximadamente 70 kilómetros de donde yo me encontraba y que es la cuna de otro de mis músicos predilectos, el inconmensurable Johann Sebastian Bach), pero para mí el Wartburg siempre irá unido al primer período weimariano de Liszt, ya que  fue en esos años cuando él emprendió, basándose en unos frescos de Moritz von Schwind, la composición de una de sus obras más notables, el oratorio La leyenda de Santa Isabel (por otro lado, no era infrecuente que Liszt, al igual que Goethe, saliese de excursión hacia el Wartburg, muchas veces acompañado de sus alumnos). Yo había descubierto esta música allá por el año 1991, en mi primer viaje a Hungría. Habré escuchado varios miles de veces los CDs que compré entonces, recreándome especialmente en escenas como el “Milagro de las rosas” o la “Tormenta”, que en la imaginación del libretista prende fuego a la techumbre del castillo como manifestación de la cólera divina hacia la landgravina Sophia por haber expulsado ésta a su santa nuera. Cuando mi Fiat 500 alquilado escalaba las curvas de la carretera que sube hasta casi la cima de la montaña, me imaginaba a Isabel corriendo
Wartburg
entre el bosque con pan y vino en su embozo, tratando de ocultarse de su marido para que éste no viera que les llevaba esos alimentos a los enfermos de las aldeas cercanas. En otro recodo del camino, podía situar a los dos esposos con el rostro transfigurado tras haber comprobado cómo esas ofrendas se habían transformado en rosas. En los salones de la fortaleza, oía al landgrave Ludwig comunicándole a su mujer su decisión de ir a las cruzadas, así como a Sophia proclamándose única señora del Wartburg y ordenando la inmediata expulsión de la ya viuda Isabel. Por supuesto que esta última no fue la única habitante ilustre de la edificación, ya que en ella encontró refugio alguien tan célebre como Martín Lutero, pero he de admitir que la figura de la princesa húngara siempre me ha resultado mucho más cercana y querida que la del reformador alemán, cuyo aposento no consiguió despertar en mí más que un interés puramente intelectual. 

Aquí podemos escuchar el oratorio de Liszt La leyenda de Santa Isabel completo en mi versión preferida:



Aparte de esas visitas que despertaron mis evocaciones de la adolescencia, también realicé otra, a la que no por ser más dura le concedo menos importancia. Me refiero a mi paso por un fragmento de la historia alemana más tenebrosa: el campo de concentración de Buchenwald, creado por los nazis en 1937 y usado por ellos hasta 1945 y por los soviéticos desde esa fecha hasta 1951. Aunque casi todos los edificios que en su momento contuvo el complejo y extenso asentamiento habían sido derribados por estos últimos,  lo que se conservaba destilaba tanta maldad, que era suficiente para, junto con las explicaciones prolijas de la guía del grupo, dejarnos sin habla a los que allí nos encontrábamos. Como conozco personalmente a supervivientes del Holocausto y a sus familiares, no mucho de lo que nos contaron allí me resultó nuevo, pero no he de negar que contemplar algo tan siniestro como la
El crematorio de Buchenwald
mesa-pila de autopsias, los hornos del crematorio o los ganchos del sótano de éste (utilizados para estrangular a prisioneros) me produjo una honda impresión. No obstante, lo que más repugnante me pareció de todo ello no fue en sí misma la crueldad de esos seres humanos hacia sus semejantes, ya que, por desgracia, hoy en día estamos demasiado acostumbrados a las noticias sobre crímenes contra la humanidad que dan los medios de comunicación y las redes sociales. Lo que se me antojó más crudo fue el dramático contraste entre ese infierno en la Tierra y el paraíso cultural que se extendía sólo unos pocos kilómetros más abajo, en la vaguada que ocupa la ciudad de Weimar. La guía nos contó incluso que Hitler sentía predilección por esa localidad y la visitaba con frecuencia (sin pasar, eso sí, por Buchenwald, para no manchar la imagen de líder bondadoso que tenía entre muchos de sus compatriotas). Incluso la misma elección del nombre del campo de concentración fue hecha teniendo en cuenta que no convenía establecer un vínculo entre los horrores que encerraba y el pasado idílico del terreno sobre el que se extendía, ligado al mismísimo Goethe. Viendo lo que sucedió en Alemania durante el nacionalsocialismo, me pregunto qué pudo pasar en el interior de tantas y tantas personas cultivadas, amantes del saber y de gustos artísticos refinados, para que luego cometieran las mayores atrocidades contra sus semejantes sin sentir siquiera el menor remordimiento. 

Para no finalizar esta publicación dejando al lector con el regusto amargo de las reflexiones sobre Buchenwald, acabaré diciendo que espero volver a Weimar en un futuro no muy lejano, ya que necesito pasar por lo menos quince días seguidos rebuscando entre las partituras del legado de Liszt que se hallan en la Biblioteca Anna Amalia para encontrar ciertos datos que busco para mi tesis doctoral. Regresaré con ilusión a ese pequeño rinconcito de una de las regiones más ricas de la historia europea. ¡Hasta pronto, Weimar!

 
El palacio de Weimar